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Desvelamientos de María

Desvelamientos de María

[su_row][su_column size=”1/3″ center=”no” class=””]Por: Hildamar Vilá
Psicóloga Social Comunitaria

Catedrática Asociada e Investigadora
Universidad de Puerto Rico – Recinto de Arecibo
hilda.vila@upr.edu[/su_column]
[su_column size=”1/3″ center=”no” class=””]Fotografía y edición: Reynaldo J. Hernández
reynaldojh@gmail.com[/su_column]
[su_column size=”1/3″ center=”no” class=””]Créditos: Mireylis Galicia, Génesis Soto, Génesis Figueroa
Estudiantes de la Universidad de Puerto Rico en Arecibo.[/su_column][/su_row]

Resumen

Crónicas sobre las historias de cuatro mujeres puertorriqueñas -tres estudiantes y una docente de la Universidad de Puerto Rico en Arecibo (UPRA)- en torno a la vivencia del huracán María y sus secuelas. El significante María permite explorar los múltiples desvelamientos que el enfrentamiento con las fuerzas de la naturaleza revelaron y rebelaron en distintas dimensiones de nuestra condición humana y del país.

A Adriana y Camila

I

Déjame ser a veces cruda como la tierra, abrupta como el agua, rápida como el viento. Déjame ver un punto, lo que el instinto encierra, antes que lo vuelva trizas el pensamiento. 

Clara Lair

 

Primeros velos al viento, o elucubraciones en torno a cuántas capas tiene el manto de María

Son aproximadamente las 3:00 am del miércoles, 20 de septiembre y las primeras ráfagas del huracán María me despiertan con su estruendo sobre las ventanas de aluminio en la casa de mi suegra donde estoy refugiada. Ya cortaron la energía eléctrica. Invocando a  mi  abuela  Panchita, prendo un velón e incienso como rito y ofrenda. La necesidad de poner palabras a este enfrentamiento con lo real de las fuerzas de la naturaleza me llevaron en ese momento a escribir sobre La furia de María. María… el nombre más popular o común en toda la América Latina, legado de la violenta colonización y cristianización del continente. Me resultaba irónico pensar en la tradicional mansedumbre de María, La Virgen, comparada con la furia del huracán que comenzaba a desatarse. Era como si María, la personificación de la mujer-madre, casta y pura, sumisa y sufriente, compasiva y silenciosa, estuviera rebelándose, despojándose de todos los velos y revelando todas sus potencias, femeninas y masculinas, como las diosas en cosmovisiones indígenas, africanas, orientales, griegas, paganas; deidades que el propio cristianismo demonizó y luego cubrió con el manto mariano.

Un insurgente cuestionamiento ancestral se consolidaba en mí: ¿qué despertó este encuentro huracanado en toda su complejidad? De primera y corporal instancia, un temor y una preocupación por sus secuelas, pero simultáneamente el asombro, la admiración ante su fuerza, esa belleza bruta y descontrolada que también nos habita, y que se nos insta a reprimir o a sublimar para adaptarnos a la cultura.

Criada y educada en el seno de una familia y un colegio católicos, la figura de la virgen y de sus antagonistas, Eva y Magdalena, calaron profundo a nivel imaginario y simbólico en la vivencia de lo femenino y lo masculino dentro de mi contexto social. Así, no podía dejar de pensar en el entrecruce de los estragos causados por la naturaleza y los estragos del patriarcado que estructura nuestros lazos y atraviesa nuestros deseos. Recordé aquello que dijo Freud en El malestar en la cultura: “Desde tres fuentes nos amenaza el sufrimiento: la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad”.

La palabra desvelamiento implica un despertar… Es descubrir algo oculto o desconocido, sacar a la luz, quitar el velo o incluso el sueño a alguien. También es poner gran cuidado y atención  en lo que se desea hacer o conseguir. Como todo significante, es un mundo abierto para  explorar en la búsqueda de sentido y de compañía a nuestras vivencias y nuestros afectos.

Ya son alrededor de las 7:00 am, arrecian los vientos, las puertas de cristal pareciera que van a explotar y se pierde toda conexión con el mundo exterior. Nos refugiamos en el baño. A través de una pequeña ventana observamos cómo las fuertes ráfagas tumban ramas y rejas al suelo. En un silencio extraño a mi familia, el tiempo no cronológico de lo infantil que marca el desamparo se hace presente… que venga la limpieza.

 

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Lo radical vs. lo normal, o de cómo el (re)encuentro con las raíces subvierte la ilusión de normalidad

Un nudo en la garganta y una presión en medio del pecho se manifestaron durante las semanas posteriores al huracán. No saber cómo se encontraban familiares y amigos iba generando síntomas de angustia. Poco a poco se iban filtrando noticias de la magnitud de la devastación. Observar el panorama estremecía por su crudeza al desnudo, por el desarraigo de árboles y hogares, por la pérdida del verdor en el paisaje, todo contrastaba de manera radical con la realidad a la que estábamos habituados. Salir a la calle a apoyar, escuchar y documentar, fueron necesidades imperativas para mí y muchas personas conocidas y desconocidas de mi país.

A un mes del paso del Huracán, aún sin agua ni luz en mi casa, la convocatoria repentina a retomar el semestre en un inicio fue difícil de asumir. ¿Cómo regresar a la academia, cómo responder a esa demanda oficialista de retorno a la “normalidad” cuando el país y el corazón están en pedazos?     La pregunta obligada que se nos imponía a muchos era ¿de qué normalidad estamos hablando? ¿De la que ocultaba la desigualdad social, la pobreza, la colonia, el patriarcado, el discurso más deshumanizado del capital?

Exhalando el malestar y esquivando obstáculos en el camino, llegué al salón y abrimos la discusión a compartir nuestras experiencias de María. Mientras escuchaba las vivencias y las reacciones de los estudiantes sentía que algo en mí iba sanando. En ese momento el espacio de  la academia (o quizás el de la vida) comenzaba a revelarse como sagrado y una vez más agradecía el privilegio de formar parte de esta necesaria comunidad universitaria, de este proyecto de país. La energía de la juventud, su pulsión de sobrevivencia ante la adversidad, su compromiso y cuidado hacia sus familias y comunidades, fueron un oasis y una fuente de renovación que me ayudaron a desvelar mi propia fuerza.

La necesidad de escuchar y experimentar directamente las experiencias de autogestión y del evidente abandono institucional nos movieron a realizar cinco viajes de campo a los pueblos de Arecibo, Lares, Utuado, Toa Baja y Ciales. Salir de la estructura de la universidad nos permitió acercarnos como humanos y romper con la estructura jerárquica y autoritaria que nos separa y divide a estudiantes y profesores. Todos nos encontrábamos en un proceso contiguo de aprendizaje y crecimiento en el cual la práctica de la solidaridad, el análisis y el pensamiento sobre las distintas circunstancias a las que nos habíamos expuesto eran lo más importante. La experiencia de María se revelaba adentro, convirtiéndose en un caleidoscopio de rostros, formas y afectos que, al entrar en contacto con nuestra visión, nos transformaba a cada instante.

Fue a partir de estas experiencias que estreché lazos con las tres estudiantes que generosamente aceptaron compartir sus historias conmigo, para dar cuenta de las vivencias particulares y comunes de este fenómeno y explorar sus secuelas a siete meses del huracán. La familia, la educación, el trabajo, el país, lo femenino y los sueños, fueron los ejes principales de nuestras conversaciones, cuyos testimonios siguen a continuación.

 

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II

“La felicidad completa no existe, pero sí en la vida de los libros”:  Mireylis y el deseo por la escritura

 

-¡Escribe! Y yo le dije: En el espejismo hay otro texto.

-Escribe para que verdee el espejismo.

-Sí, pero me falta lo invisible, no he podido reducirlo a palabras.

Me dijo: escribe para llegar a decirlas y saber dónde has estado, dónde estás, cómo has llegado y quién serás mañana: pon tu nombre en mi mano y escribe

para que sepas quién soy, y luego parte como una nube

por el horizonte… Mahmud Darwix

 

Mireylis nació el 23 de septiembre de 1998, una fecha cargada de afectos en la historia de nuestro país. Fue criada por su abuela, a quien considera una de las personas más importantes en su vida.

“Me crié con mi abuela y mi tío en Moca. Me criaron a mí y a mis dos hermanas. Mi abuela es la mujer de mi vida. Siempre trató de darnos lo mejor y hacernos mujeres de bien a pesar de todas las dificultades. Aún teniendo pocos recursos ella ayudaba a la gente y siempre estuvo  para nosotras: nos enseñó a ser solidarias y amables con las demás personas sin importar lo que te hayan hecho, nos enseñó la honestidad con nosotras mismas y a ser responsables con nuestras vidas”.

“En la adolescencia no me interesaba lo que las personas de mi edad querían hacer, no me llamaba para nada la atención, prefería estar escuchando música debajo de un árbol o leyendo  un libro. La felicidad completa no existe, pero sí podemos experimentarla en la vida de los libros. Era feliz leyendo, puedo leer un libro de 300 páginas en dos días. Entré a Comunicaciones porque para mí era lo más cercano a ser escritora. Escribo en mi diario las cosas malas que me suceden, porque como humanos somos así, ahí está la noticia. Busco la explicación a cosas que son inexplicables como los sentimientos que son inexplicables. Yo no decido amar a alguien, eso sucede”.

Esta búsqueda de sentido, de desahogo y de ilusión que Mireylis encontró en la literatura y en la escritura, desembocaron a su vez en la pasión que siente por el teatro: “En la escuela intermedia participé en teatro y me encantó. Me gusta la actuación porque es un mundo aparte, donde  tienes la oportunidad de vivir otro personaje:  no piensas en ti, sino en lo que le está pasando a  la otra persona”.

Mireylis se independizó desde los 17 años y, antes del huracán María, trabajaba en un fast-food para costear los gastos que no le cubre la beca. Sobre su experiencia en ese contexto laboral sostiene que: “Esta estructura de trabajo deshumaniza, es explotadora. A nosotros nos daban doce segundos para hacer un sándwich. Si nos pasábamos del tiempo teníamos que volver a hacerlo y lo botaban al zafacón, aún habiendo empleados que no habían comido.  La experiencia en el trabajo fue bien mala, no hay compañerismo. Si alguien te habla ya te miran mal o piensan que el jefe tiene preferencias; si pides un favor no te lo pueden hacer o no coordinan bien la orden, es bien cuesta arriba. No hay tiempo para hacer tantas y tantas tareas, y si el jefe te ve descansando cinco minutos ya te fastidiaste, te va a mandar a hacer un montón de cosas”.

“Un día estaba muy enferma y, aún sabiéndolo (los supervisores), me pusieron a limpiar con cloro. Fue horrible, espantoso. Durante aquél tiempo yo salía de la universidad a las 6:45 pm y ya a las 7:00 pm estaba trabajando hasta las 11 ó 12 de la noche; al otro día cocinaba a las 6:00 am y a las 8:00 am estaba en la universidad, cogía mis clases, me vestía aquí mismo en la universidad, me iba para el trabajo y llegaba a casa, a hacer las tareas, todos los días”.

El relato de Mireylis es representativo de la compleja vida que llevan miles de estudiantes de su generación quienes, para poder sostenerse ellos y sus familias, deben estudiar y trabajar, viéndose obligados a disminuir el tiempo y la energía que –como estudiantes- podrían dedicar al ejercicio del pensamiento, la investigación y la creatividad. Su experiencia laboral da cuenta de las dinámicas propias del discurso del capital: una explotación de cuerpo y alma que deshumaniza a través de la maquinización y precarización del trabajo; que genera una competencia imaginaria y simbólica entre los explotados; y que, por tanto, dificulta la creación de empatía y lazos de solidaridad. Mireylis reconoce que sus compañeros de trabajo vienen de las clases sociales más pobres del país y que la mayoría no ha tenido la oportunidad de estudiar en la universidad.

Luego del retorno a clases tras el huracán María, mientras compartíamos nuestras historias, Mireylis contó que su comunidad se había inundado completamente. Accedió a recibirnos en su apartamento en el Reparto Martell en el pueblo de Arecibo y nos llevó a las casas de sus vecinos más cercanos, Doña Milagros y Don Confesor, ancianos que viven solos, a quienes Mireylis ayuda y que la aprecian como a una nieta. Esta urbanización, construida en zona inundable durante los años setenta, quedó bajo el agua y según algunos vecinos varias personas murieron ahogadas.

Mireylis narra que después del huracán el cambio en su vida fue radical: “Perdí todo, robaron  en mi apartamento, tuve que irme a Moca a vivir con familiares, viajar todos los días para la universidad y luego regresar a cocinar. En vez de hacer los trabajos de las clases tenía que ir al pozo a buscar agua y lavar la ropa a mano.  Dormía cuatro horas como mucho y sentía la  tensión a mi alrededor. La vida cambió de un momento a otro y no tenía un momento para mí. Vivo una vida bien ajorada, me acostumbré a la perspectiva de que no tengo tiempo”.

Al preguntarle qué desveló el huracán María, Mireylis nos dice: “La realidad que estamos viviendo, la pobreza, la desigualdad social, la falta de trabajo, como tantas personas se tuvieron que ir y emigrar, creo que los problemas siempre han estado presentes pero no los veíamos”.

Llegado a este punto, Mireylis habla de la importancia de la educación y de las consecuencias que un alza en la matrícula de la UPR tendría para ella y los demás estudiantes del país: “De mi generación soy la primera en estudiar en la universidad. Sin la educación no somos nadie. No solo a mí me afecta que suban la matrícula, porque tendría que volver a estudiar y trabajar. Sin educación el gobierno tiene todo el poder. ¿Qué poder va a tener una persona sin educación,  qué manera de pensar libremente? Porque aquí (en la UPR) nos enseñan a pensar por nosotros mismos. Yo entiendo que hay una deuda, pero auditen esa deuda y pongan a pagar a los responsables, porqué a nosotros, porqué a una generación que quiere estudiar, que quiere echar para adelante, que quiere ser alguien en esta vida”.

Sobre sus sueños y deseos futuros, Mireylis concluye: “Si te puedo decir que quiero hacer a Puerto Rico mejor te lo diría, pero no se trata sólo de mí. Y aquí en Puerto Rico no hay oportunidades para nosotros los jóvenes, realmente no las hay. Pienso seguir estudiando mi maestría y poder ser escritora algún día. Quisiera trabajar en la radio o la televisión como periodista, quiero escribir novelas y libros, o hacer periodismo investigativo, algo que sea productivo, que no sea farándula”.

En este momento de la entrevista le mostré a Mireylis la fotografía de tres niñas en un refugio  de Ciales que visitamos durante los viajes de campo y que se incluye en la última parte de estas crónicas. Al preguntarle cuál sería para ella la historia de esa foto, Mireylis reaccionó conmovida: “Cómo una madre saca adelante a sus tres hijas sin el apoyo de su padre, que tal  vez las abandonó o puede estar cerca pero no presente en sus vidas. Veo tristeza, esperanza y sueños rotos. La niña con el perro me transmite esperanza por la manera en que cierra los ojos y abraza su perro, por el amor que siente, algo bueno sucederá o todo cambiará. La niña del  medio es la más fuerte, que irónico, en mi casa es igual, mi hermana Deyaneira es la más fuerte de carácter. Veo distintas generaciones de mujeres solas haciendo lo mejor que pueden y cómo en la sociedad que estamos viviendo no se le facilitan los recursos necesarios para salir adelante, sino para mantenerlas como están, en un limbo, y la familia se queda estancada”.

Mireylis Galicia Acevedo

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“Sal de ahí, te necesito, personas como tú se necesitan”: Génesis y el poder de la comunidad

 

¿Que cuál es mi quijote predilecto?
El de todos los sueños.
Yo mismo, jinete en un caballo de palo.
En un caballo de madera que galopa en los vientos.
Yo mismo, sobre un corcel luciérnaga,
herrado con hierro de luceros.
Yo solo, herido, casi muerto.
Mis espuelas clavadas en los ijares de un caballo leño.
Todo a mi alrededor terriblemente quieto.
Y yo solo, en el caballo de palo, volando, ciego,
buscando en lo infinito dos ojos con que ver:
-¡Los tuyos! –

 

Juan Antonio Corretjer, Quijote

 

“Soy una cialeña de 21 años que estudia en la UPR, en su cuarto año de psicología, puertorriqueña de pura cepa. Tengo una hermosa familia a la cual adoro y agradezco por tenerla, por cada uno de los valores que me han dado. También agradezco todos los sacrificios que han hecho para que yo pudiera estudiar en la universidad. En mi crianza me enseñaron a ser empática, servicial, a tener bondad, a entender al otro, a reconocer que podemos hacer las cosas por nosotros mismos, que nosotros podemos.  De mi papá y de mi mamá admiro la sinceridad,  la integridad y la justicia con que enfrentan cada situación”.

El día de esta entrevista me encontré con Génesis frente a la Torre de la UPR.  Ella había  viajado desde el pueblo de Ciales y dejado a su madre en el Hospital Cardiovascular del Centro Médico donde su padre estuvo varios meses internado debido a serias complicaciones después de una operación de corazón abierto. Hacía unas semanas que su madre también había sido hospitalizada (en intensivo) por sangrados de nariz y boca. La menor de cuatro hermanas y aún dependiente económicamente de sus padres, Génesis decidió hacer una pausa y no estudiar este semestre para poder cuidarlos y ayudarlos en el proceso de recuperación.

“Es difícil este trayecto que uno vive, como hija y hermana, todos los roles que la sociedad te impone y que conllevan grandes sacrificios. A veces las personas no entienden las necesidades que se pasan, no se sientan a escuchar esas pequeñas historias que nos ayudan a aprender y a ser empáticos con el otro”.

“Hace como 4 años, cuando aún no había entrado a la universidad, conocí a un deambulante en Manatí que se llamaba Alex. Él tenía 32 años y en su rostro tu veías algo especial, era calmado, una persona tranquila. Cuando llegábamos a la luz en la que se paraba a pedir nos reconocía,  nos daba los buenos días y siempre se echaba a reír. Un día lo vi cojeando de una pierna. Me dijo que fue al hospital pero lo sacaron rápido. Al verlo, días más tarde, su pierna estaba hinchada y estaba caminando con muletas. La pierna siguió empeorando y luego no lo volví a ver, no sé si murió o se fue… no sé… me marcó…  Una vez me acuerdo cuando veníamos de  ver a mi abuela que él estaba en la luz bien drogado y yo empecé a llorar y a llorar y a llorar… Quería hacer algo pero me sentía impotente, en mi mente decía ‘sal de ahí, te necesito. Necesitamos que tu salgas de ese mundo. No me importa lo que te haya pasado. Tú eres importante, personas como tú se necesitan”.

Génesis se integró a uno de mis cursos en la UPRA después del huracán, cuando la administración de la UPR posibilitó que los estudiantes se trasladaran a recintos más cercanos al hogar para poder continuar sus estudios. Ella y su familia habían perdido su casa y todas sus pertenencias. Al participar de los viajes de campo, le propuse visitar su comunidad. Su familia generosamente aceptó recibirnos en su casa de madera, entre las montañas de Ciales, bajo el cielo y los toldos azules.

Sobre su experiencia tras el paso del huracán María nos dice: “Yo soy parte de una de las tantas familias puertorriqueñas que perdieron su hogar, esa estructura que nos cobija. Fue duro emocionalmente, lo que más me dolía era ver a mis padres sufrir ya que no tenían los recursos para reconstruir. Me preguntaba qué va a pasar, qué voy a hacer y me invadía una sensación de impotencia. Había noches en que me acostaba y lloraba porque no podía más y tenía que descargar”. Génesis narró como apenas un mes antes del huracán había fallecido su tía paterna quien además era su vecina. Cuando ocurrió la pérdida de su hogar por el huracán, ya la familia estaba atravesando un proceso de duelo: “Trabajar con la ausencia de mi tía era difícil y después la pérdida de la casa que era hermosa, pequeña, pero poco a poco mis padres habían logrado hacer su casita, su hogar, y ver que en cinco minutos tu casa quedó en nada, duele…”.

Para Génesis, María desveló lo que ya estaba aquí: “Solamente vino un fenómeno natural que nos dejó ver lo que existía por años: la pobreza, la marginación. Aprendimos mucho de María… a valorar muchas cosas y a agradecer. Tengo mis seres amados a mi lado, lo material no reemplaza a un abrazo, un te quiero, un te amo. Vamos creciendo”.

Tanto un recorte a la pensión de su padre como un aumento significativo en la matrícula de la UPR, ponen en riesgo la salud de sus padres y representan obstáculos en el desarrollo intelectual y profesional de Génesis: “No poder decir que va a pasar mañana. Imagínate a mi papá recién operado cuando piensa en la reducción de su pensión que es el único ingreso que hay en la casa. Es frustrante, no es fácil, qué uno va a hacer.  A veces yo como estudiante digo si debo darme un tiempo para buscar un trabajo y poder entonces…”.  Suspira.  Siendo estudiante de la UPR en Río Piedras y viviendo en Ciales, Génesis se levanta a las 4:00 am para bañarse, preparar almuerzo, guiar hasta la parada más cercana y tomar el tren hasta la universidad. “Era un trayecto que me drenaba de cierta manera, pero lo hacía porque me gusta estudiar, lo que me cansaba era el viaje, pero en mis clases me llenaba”.

Cuando finalice su bachillerato, Génesis desea continuar estudios doctorales en Psicología o Consejería en Adicción a Drogas. Ella coincide con Mireylis en torno a la importancia de la educación: “Destruir la educación es destruir a un pueblo. Entrar a la UPR para mí fue un orgullo, porque mi hermana mayor se graduó de aquí de trabajo social. Para mi representa mucho tener una universidad pública a la que puedo ir sin necesidad de tener una deuda tan grande y estudiar para hacer algo por mi país. Los ricos pueden enviar a sus hijos a Harvard, nosotros no”.

“Yo me estoy formando para ser parte de mi país. Por eso cuando la gente me pregunta ‘si terminas tu doctorado en psicología porqué no te vas para allá afuera’, yo les digo no, esa no es mi meta, ese no es mi objetivo, yo no quiero irme. Quizás sea mi última opción, en caso de que no tenga donde vivir, quizás, pero mientras tanto quiero ejercer aquí en mi país”.

Nuevamente en este momento de la entrevista le mostré a Génesis la fotografía de las tres niñas en el refugio de Ciales: “Que bella esa foto, quien diría lo que se puede reflejar, especialmente la nena que tiene el perrito, ella trata de protegerlo, como que lo está cuidando… y el rostro de las otras nenas de frustración y tristeza. Lo más que me impacta es la nena con el perrito como ella lo protege… Sería bueno que el gobernador viera esta foto, que muchas princesas en el campo no tienen ya su hogar. Yo que me crié en aquel lugar que es mi hogar, a mí que me dolió a los 21 años no me quiero imaginar a los 7 años, pero es una marca que se va a quedar ahí, la fotografía dice mucho”.

 

Génesis Soto Díaz

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“Uno muere cuando deja de pensar en los demás”: Génesis o el principio de la libertad

 tal vez el miedo atroz que da desconocer lo conocido

conocer que desconoces todo para siempre

saber que sabes saber lo suficiente

para temblar de amor

para inventar palabras que desafían a la sombra

para mirar de cerca la mirada

la piel, los intestinos, la angustia, la alegría

del de enfrente

 

Ángela María Dávila, fragmento de Animal fiero y tierno

 

Nacida en Toa Baja y criada en Arecibo, Génesis tiene 22 años y es estudiante de la UPRA en el Departamento de Comunicaciones, con concentración en Periodismo y Fotografía. Hija única de padres divorciados y criada sólo por su madre, hacía apenas un mes que había tomado la decisión de mudarse sola cuando llegó el huracán María.

“El semestre pasado tras el paso del huracán me afectó muchísimo en mi área artística y como persona. El primer día después del huracán salí a la calle y me dio un ataque de pánico cuando vi todo lo que estaba pasando, ahí empezó el caos. En ese momento me dije, Génesis, si no puedes documentar sal a la calle a ayudar. Y desde ese día salí de mi casa con mi vecino que estaba trabajando en rescate y me movilicé a uno de los refugios. Fue impactante ver a tanta gente allí, sin nada, contándome sus historias; que tuvieron que nadar, que los rescataron en bote en el pueblo de Arecibo. Me dediqué a ayudar hasta que empezaron las clases. Muchos de mis compañeros habían perdido sus casas. Y yo lo que pensaba era estoy aquí y hay gente que necesita de mí. No me siento preparada para comenzar un semestre, le dije a mis profesores no quiero estar en un salón mientras puedo estar afuera ayudando”.

“Yo lo que quería era sentirme como aquellas personas a las que ayudaba. Sentirme como ellos me alentaba a seguir; hice tantas cosas, caminé, fui a los refugios, llevé ropa, les di café a los de energía eléctrica, hice filas de hielo por seis horas. Yo sentía que simplemente ayudaba con hablarles y darles un poco de aliento en medio de las circunstancias. Al no tener la comunicación del teléfono y las redes siento que tuve mayor conexión con las personas. Vi muchas cosas, aprendí a no desperdiciar mi tiempo, porque fácilmente pude haberme quedado en casa, como muchas personas de mi familia. Aprendí que el tiempo es bien valioso, a apreciar lo que uno tiene, a levantarme y agradecer, aprendí muchísimo de muchas personas”.

“En este momento de mi vida con todo lo que ha pasado desde que me mudé y desde el huracán, lo que intento es ayudar a todo el mundo y expandirle el entendimiento, de que juntos podemos lograr grandes cambios. Lo que intento es que con mis acciones se refleje, que vean en mí esa fuerza, que los demás puedan sentir que sí se puede y que no tienen que vivir en una burbuja encerrados y según lo que nos han enseñado.  Eso es ahora mismo mi propósito como mujer”.

“En mi vida personal estuve sentida porque no tuve una figura paterna. No tengo recuerdos de mi padre durante mi infancia. Y sin embargo, siento que necesitamos el respaldo de una figura masculina que nos hable, que nos diga, porque no es lo mismo abrazar a una mejor amiga que a un mejor amigo. Una amiga puede sentir casi igual que tú y nuestras energías son muy similares”.

“Creo que la figura masculina debe estar presente en la vida de una mujer. En mi vida la ausencia de la figura paterna ha sido algo bien fuerte y eso también crea inseguridad. Ayer  asistí al Paro General del 1ro de mayo y en un momento estaba frente a un agente de  operaciones tácticas y yo temí por mí… Aquél hombre frente a mí y yo lo miré a los ojos… Tuve que parar de grabar y lo que veía en su rostro era algo indescifrable, era a la misma vez empatía y odio, sentía un temor y una intimidad con la mirada de ese hombre que tenía al frente tan imponente. Entiendo que la ausencia de mi padre ha creado mucha inseguridad, confiar en los hombres en una relación de pareja se me hace difícil”.

“Estoy aprendiendo a enfrentarme sola con lo que venga y a sacar fuerzas aunque no las tenga. A veces me he sentido insegura, y decido estar sola y rodearme con mis amigas. Y encontrar ese poder mío femenino”.

“En el viaje de campo a un refugio en el pueblo de Utuado conocí a Jorge. Las personas llegan a tu vida en el mejor momento para hacer algo contigo, por un propósito no tan claro. Llegué en ese momento en que, él, lo que quería era abandonarse, no hacer nada, dejarse morir, y lo ayudé hasta que consiguió su casita.  Jorge fue ese muchacho que en aquél viaje de Utuado me llamó  la atención, me intrigaba su mirada y verlo solo en una esquina me hizo hablarle. Él tiene 19 años y es homosexual. Su madre lo botó de la casa a los 15 años, deambuló por San Juan, por más de un año ocupó una casa abandonada y sin energía eléctrica, y tras el huracán perdió lo poco que tenía.  En el refugio estaba sufriendo de prejuicios por su orientación sexual”.

“Ambos estábamos solos, en un momento en que yo también decidí irme de mi casa a vivir sola y atravesar un montón de procesos. Yo que tenía dos trabajos, 18 créditos, llegó María, me quedé sin trabajo, con los 18 créditos en las costillas y sin nadie. Volví a casa de mi mamá, pero ya una vez que se estabilizó la universidad regresé a mi espacio. Desde que me fui de mi casa aprendí que estar sola es bueno pero uno siempre necesita compañía, y yo creo que eso fue lo que yo vi en Jorge: soledad. Lo veo a él solo en una esquina sin nadie. Yo creo que eso fue lo que me hizo ir a donde él a hablarle.  Me identifiqué en parte con él”.

“Esto es bien importante, el no alejar la vista de lo que está pasando significa para mí crecer como persona. Si me alejo no voy a crecer, a evolucionar como ser pensante. No sólo puedo creer en lo que creo, tengo que abrirme y eso lo logro acercándome a los demás. Yo estudio Comunicaciones pero los medios te alejan de la realidad. He observado cuánto tiempo uno pierde en el teléfono, es como si nuestras vidas estuvieran concentradas en algo y las distracciones alrededor quisieran alejarte de tu enfoque, todo, amistades, Facebook, etc”.

“Después del huracán muchas personas se dieron cuenta de lo engañados que estamos. María nos ayudó a darnos cuenta de muchas cosas. Nos toca hacer ver lo que está pasando actualmente. Los ricos tienen mucho dinero, pero no tienen lo que nosotros tenemos, la empatía, el amor, la amistad, la comunicación. Cualquier persona que esté solamente  enfocada  en riqueza no tiene nada de eso, no tienen ni tiempo para reunirse con sus hijos, para escuchar”.

“La sociedad muere cuando se deja de sentir por los demás, cuando te enfocas solo en ti, en el yo, ahí tu mueres. A veces la sociedad nos deshumaniza porque nos han enseñado cosas que no son reales. Cuánta gente aparenta cosas que no son. La libertad de un ser humano es lo primordial, a nivel físico, mental y de conocimiento, si alguien te priva de esa libertad es necesario alejarse”.

Primera generación de su familia en estudiar en la UPR, para Génesis es el único lugar donde el pensamiento crítico se desarrolla como en ninguna otra universidad. “En mi vida personal la universidad abrió puertas que no veía antes. Escuchaba a mis profesores y me preguntaba si esto será así o no. Mi bachillerato es una herramienta para hacer una maestría en fotoperiodismo y  un doctorado en fotografía social, lo más que me motiva es dar a conocer lo que no se ve en los medios”.

Al mirar la fotografía de las tres niñas en el refugio de Ciales, Génesis reacciona: “Wow, esa mirada… de esto es lo que yo hablo, esto es lo que yo quiero hacer como fotógrafa. Esta  imagen está súper intensa, ves las caras de estas niñas y ves la aflicción… Esto es lo que no aparece en los medios. Sólo se reportaba la falta de energía, de comida, pero esto nadie lo sabe, nadie lo ve. En esta foto hay como tres vertientes, veo aflicción, el aferramiento de la niña con ese perrito, le daba lo que necesitaba. La nena de la izquierda se ve que está destruida y la otra es como si dijera ‘pues estoy aquí’…”.

 

Génesis Figueroa Torres

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III

Despertar a lo abierto

y viendo con las manos,

tocando con los ojos

te entregas a la audacia

de ser tranquilamente un caminante

que alternando cuchillos y palomas

fabrica un instrumento nacido para el fuego.

 

Ángela María Dávila

 

Tres crónicas de vida, tres mujeres en sus procesos de formación y desvelamiento. Universitarias comprometidas con el país y trabajadoras incansables que rompen con el mal infundado estigma político-mediático de los estudiantes vagos o terroristas que pretende ocultar el enorme legado de nuestra universidad por el pensamiento y por el cambio social. Mientras las escuchaba era inevitable ir encontrándome en cada una de sus historias, las cuales dentro de sus vivencias particulares, también hablan de la interrelación entre lo relativo y lo absoluto, de qué nos hace humanos. La necesidad de la imaginación y la escritura para crearnos y salvarnos psíquica y colectivamente; la relación entre el desamparo, la identificación al otro y la formación de los lazos sociales; los principios éticos que guían nuestra acción para mantener la vida común; y la búsqueda de una libertad que nos permita ser y vencer el miedo a lo desconocido, a la incertidumbre, a la contingencia inherente a lo que es.

Voces de Estudiantes… Voces de Maestras que preservan el espíritu y el sentir ancestral de quienes han decidido sostener una vida y una cultura en este espacio de la Tierra. Voces agradecidas del legado, el cuidado y la educación que se les brindó; dispuestas y preparadas para dar a cambio de lo recibido. Voces indignadas por los múltiples obstáculos que limitan las posibilidades de desarrollo de los jóvenes que quieren trabajar en y por su país. Sus testimonios conmueven e inspiran por su honestidad, su claridad y su fuerza.

María nos ha desvelado: sí, nos ha quitado el sueño, pero más importante aún, ha sacado a la luz, ha levantado múltiples velos que encubrían verdades y realidades que siempre han estado ahí, pero tal vez no queríamos ver a nivel personal y colectivo. Por un lado, desveló la pobreza, la desigualdad social, la marginación, las diversas formas de violencia (políticas, económicas, culturales, mediáticas) que condicionan nuestro diario vivir como pueblo. Mientras, por otro, también reveló el sentido de responsabilidad social, la necesidad apremiante de salir a la calle a despejar caminos, el valor de la escucha, la conversación y el abrazo, la potencia de la solidaridad como motor de los lazos sociales desde los inicios de la humanidad.

Recuerdo aquí otra vez a Freud en El porvenir de una ilusión:

“Una de las pocas impresiones gozosas y reconfortantes que se pueden tener de la humanidad es la que ofrece cuando, frente a una catástrofe desatada por los elementos, olvida su rutina cultural, todas sus dificultades y enemistades internas, y se acuerda de la gran tarea común: conservarse contra el poder desigual de la naturaleza”.

Despertar después del huracán es despertar de nuevo a la vida. Es enfrentarse descarnadamente a lo abierto. Es la ausencia de palabra, la asfixia de algunos silencios. Es revivir la angustia del desamparo inicial, la búsqueda de sentido a lo que no lo tiene.   Es descubrir esa energía, la potencia que siempre ha estado ahí, en nuestra naturaleza cósmica, biológica y humana; para comenzar a construir como en la prehistoria, una nueva y propia historia.

Niñas refugiadas en escuela ocupada en Ciales

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